Capítulo 1: Aquellas tardes de verano.

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Capítulo 1: Aquellas tardes de verano.

Mensaje por Black Butterfly el Lun Jul 23, 2012 3:44 am

Tenía apenas quince años en aquella ocasión en la que por primera vez –y, según he podido comprobar debido a la creciente apatía que ha ido haciendo mella en mí con el transcurso de los años, última− vez me enamoré de verdad.
A mi cabeza acuden fugaces y momentáneas salpicaduras de imágenes, que nunca llegan a ser compuestas por completo, como si el puzle de mis recuerdos estuviese incompleto por la desaparición de ciertas piezas.

Era un verano caluroso, según el tópico que anualmente transmitían las noticias: “El más caluroso desde hace veinte años”. Nunca confié en tamaña palabrería, ni le presté la más mínima credibilidad. Era simple dictado de la naturaleza. En verano, hacía calor, y a esa simpleza se debían todas las noticias acerca del asfixiante clima.
Como había sido durante toda mi vida, la playa se convirtió en el refugio que me resguardaba del insistente sol. Allí, al igual que todos los años, me sentía amparado por el grupo de chicos aproximadamente de mi edad, que suponía para mí una dosis de vitalidad entre tantos adultos de sueños rotos.
Por ello, creo que nunca olvidaré nunca a esa pandilla de chicos junto a los que corría tras una esfera de plástico con la intención de encajarla entre las chanclas que hacían de portería. Esas interminables tardes de energía que a cada patada emanaban nuestros poros. Ese placentero momento en el que, envueltos en sudor y una ilusión de falsa gloria, competíamos para ver quién sería el primero en empapar todo el cansancio en las saladas aguas del mar, a un grito de: “¡Marica el último!”. Y, por último, aunque no menos importantes, esas tertulias al anochecer durante las cuales, exhaustos, empapados y en ocasiones con un cigarrillo encendido en la mano, nos dejábamos caer sentados sobre la arena húmeda.
Fue durante una de estas charlas cuando la vi por primera vez, en el preludio de esos tantos otros encuentros que en aquel momento hubiese sido incapaz de proyectar siquiera.
Tal y como descubriría más tarde, ella tenía un año menos que yo. Es por ello por lo que me sorprendió que pareciese tan pequeña y frágil, más de lo que en teoría debería aparentar ser. Sus ojos se veían compuestos por aquella mirada azabache, en cuyo fondo creí advertir una apagada chispa de rebeldía que, totalmente oculta tras la sumisión habitual, jamás había llegado a prender. Su piel en cambio se dibujaba pálida, casi traslúcida en comparación con la de las bronceadas teces que lucían mis amigos.
Solo fui consciente de que se acercaba hasta colocarse entre ellos cuando escuché las risotadas de mis compañeros, que bromeaban acerca del fantasmagórico espejismo que suponía la aparición de la chica. Fue entonces cuando se puso en pie Julián y, situándose junto a ella, inquirió con una habilidad que hasta el momento no había podido denotar en su carácter.
− ¿Qué quieres?
−Me han mandado a buscarte –respondió ella lacónicamente.
Durante unos segundos, clavó en mí su mirada oscura, y sentí en ese breve instante que aquellos ojos de carbón que me atravesaban eran capaces de desnudar mis pensamientos. A pesar de que no debió notarse demasiado debido al bronceado de mi rostro, noté cómo enrojecía levemente hasta ese momento en que sus pupilas volvieron a clavarse en Julián, inquiriendo una respuesta.
−Diles que esperen –contestó el aludido.
−Tú verás –dijo la chica dulcemente, encogiéndose de hombros y marchándose sobre la arena, tan blanca como su piel.
Apenas el último mechón de su cabello negro hubo desaparecido tras la esquina, otro de mis amigos extrajo de su mochila una cajita plateada, en cuyo interior se apilaban tanto varias hojas de papel de fumar como los jirones de tabaco para liar los cigarrillos. En apenas unos minutos enrolló el suyo, e hizo que la caja circulase entre todos los que estábamos allí. Cuando llegó hasta mis manos yo hice lo propio, encendiendo tras esto el pitillo con ayuda del mechero publicitario que segundos después aterrizó entre mis dedos.
Aunque yo no solía fumar, supongo que ansiaba que el humo borrase por completo todo rastro de aquella chica que hubiese podido quedar desterrado al fondo de mi mente. No obstante, y a pesar de que el extremo rojizo del cigarrillo aplacó ligeramente ese algo que se removía en mi interior, las profundas caladas con las que traté de hacerlo consumirse no hicieron menguar mi inquietud. Más bien al contrario.
Presté atención a la conversación que se desarrollaba entre mis amigos, completamente ajenos al rumbo que mis pensamientos tomaban. Según pude entresacar, esa chiquilla escuálida era la prima del enorme Julián. ¿Quién podría haber imaginado cualquier tipo de parentesco entre esas personas tan diferentes como el día y la noche?
Pero así era, y la chica iba a pasar gran parte de las vacaciones junto a su primo debido a que el día anterior su madre –en ningún momento mencionó nada acerca del paradero del padre de la chica− había tenido que emprender un viaje a la Francia.
Ella se llamaba Laura. Laura. Por muchas personas que hubiese conocido más tarde que compartiesen ese mismo nombre, ninguna de ellas logaría atisbar siquiera una pequeña parte de su esencia, ese misterio que encerraba en cada recoveco del brillo de sus ojos, atrayéndome para invitarme a desvelar hasta sus más oscuros secretos. Supongo que es por ello por lo que, desde el mismo instante en que la vi, esa palabra quedó inevitablemente asociada a la frágil figura delgada, de cabello y ojos oscuros que contrastaban claramente con la palidez de su piel, y la hacía parecer todavía más vulnerable.
Mientras mis pensamientos continuaban haciendo que su imagen se atravesase en mi retina como si de una afilada espina se tratase, una conversación que me resultaba irreal y tan invisible como el oxígeno que respiraba en esos instantes se desarrollaba.
Noté entonces un agudo quemazón entre los dedos, y los abrí con un ligero grito para evitar que la colilla desgastada cuyo fuego había dejado una marca rojiza en mi piel la quemase todavía más. Todos rieron al percatarse del descuido del cual acababa de hacer gala, y el sol terminó de ocultarse mientras los cigarrillos de mis amigos extinguían su brillo al ser apagados contra la fría arena.
− ¡Eh, Diego! –dijo Daniel, arrojándome su colilla apagada para llamar mi atención−. Parece que te hayan cortado la lengua desde que vino la primita de Julián.
Tomás, menos dado a las palabras, se limitó a acercarse rápidamente y derribarme sobre la arena de un empujón, colocándose sobre mí de forma que me impidiese incorporarme.
−Te gusta, ¿eh, capullo? –inquirió entre idiotas risotadas−. Pues cuidado, que como toques a su primita, Julián te partirá la cara –añadió, nuevamente bromeando.
Sin apenas poder moverme debido a ese fingido ataque, que a decir verdad me había dejado sin aliento, y a esos cincuenta kilos que mantenían mis extremidades aplastadas contra el suelo, intenté calibrar la reacción de Julián. Éste se mantenía en silencio, mirando la arena con una seriedad impropia en él, como si aquel asunto le resultase totalmente ajeno e indiferente y se sintiese fuera de lugar al tratarlo.
−Pues sí, me gusta –repuse yo, provocando que todos me mirasen aturdidos y anonadados por la inesperada franqueza de mi respuesta.
Tomás incluso aflojó la presión con la que me mantenía quieto, lo cual aproveché para apartarlo y poder así sentarme nuevamente. Mientras me sacudía la arena impregnada en mi pelo del mismo, todos me siguieron contemplando como si fuese un espectro que acababa de aparecer de la nada.
Y yo, conocedor del por qué, no podía culparles por nada.

Black Butterfly

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