Capítulo 2: Tiempos pasados.

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Capítulo 2: Tiempos pasados.

Mensaje por Black Butterfly el Lun Jul 23, 2012 9:57 am

Desde siempre, los ligues de uno habían sido la comidilla del resto, merecedores de los comentarios de admiración o decepción de los demás chicos del grupo. Yo era incapaz de no imaginarnos a todos como a un grupo de depredadores hambrientos, aguardando pacientes para saltar sobre nuestra presa. Y si la cervatilla no estaba dispuesta a dejarse seducir por el pretendiente, entre todos intentábamos conducir a la chica en cuestión hasta el mismo. Como un grupo de tigres, trabajábamos en equipo hasta lograr una caza. Y si uno triunfaba, el resto se sentía también vencedor. Tan solo hubo una ocasión en la que no fuese así.
Por aquel entonces, había un chico más en nuestra pandilla. Era un niño de papá, un chico mimado desde su infancia, que respondía al nombre de Gustavo. Por causas del destino que todavía no he logrado desentrañar –y no creo que lo haga nunca−, se enamoró de la hermana mayor de Tomás. Éste último, en la feliz ignorancia de aquella relación, se enteró del cortejo un día cualquiera, aquel que marcó un antes y un después en nuestra historia. Y cuando lo hizo, consumido por una ciega rabia, Gustavo y él acabaron a golpes, en una desigual pelea en la que no nos sentimos invitados a participar.
Gustavo nunca más se dignó a dirigirnos la palabra. La última vez que supimos algo de él, se limitó a dirigirnos una mirada asqueada que pretendía hacer patente una cosa: aquellos moratones que durante semanas luciría su rostro, así como el ojo derecho hinchado, eran también culpa nuestra. Por no intervenir en aquella pelea en la que habíamos considerado mejor no participar. Por no haber refrenado a Tomás en ese impulso violento que le había tentado a saltar sobre él y a golpearle una y otra vez, insaciable.
Y, tras ese último gesto cargado de un infinito desprecio, se había borrado del mapa y de nuestras vidas. Para siempre.

Desde ese momento, una extraña inquietud se abatió sobre nosotros, persiguiéndonos como si de una maldición se tratase. Y fue entonces, en aquellos días en los que todos poseíamos la necesidad de saber que tras la tempestad llegaría la calma, cuando hicimos una promesa nunca expresada con palabras, que logró supurar las heridas que todo lo ocurrido había infringido a nuestra amistad.
Nunca más habría problemas de este tipo, porque la presa jamás volvería a ser familiar de ninguno de los componentes del grupo. Y, si cumplíamos aquel mudo juramento, todo iría bien.

Todos estos recuerdos hicieron su recorrido por mi mente en apenas milésimas de segundos. Para cuando quise darme cuenta, mi comentario había generado una tensión que flotaba sobre todos nosotros amenazando con asfixiarnos.
Por ello, todos parecieron desconcertados cuando rompí a reír.
− ¡Era broma! –dije finalmente, a pesar de saber que no lo era−. ¡Panda de ingenuos…! ¡Menuda forma de caer!
Ellos parecieron relajarse en ese momento, permitiéndose incluso componer nerviosas carcajadas. Miré entonces a Julián, y la risa se me atascó en la garganta amenazando con ahogarme.
Julián me contemplaba fijamente, con una calma contenedora de tanto sosiego que llegaba a resultar inquietante. Sus labios estaban dominados por un leve temblor apenas perceptible e imposible de interpretar. Y sus ojos… Durante un brevísimo instante, sentí cómo me observaban en un intento –no vano, debo admitir− de taladrar mi alma. A pesar del veneno destilado en sus pupilas, esa mirada tenía algo que ver con la de su prima. Porque, por un momento, sentí que podía leer en mi alma como lo haría con un libro abierto.
Julián bajó rápidamente la mirada, lo cual me hizo preguntarme si habría sido apenas el trazo de un burdo y hostil espejismo. En sus ojos solo quedaba entonces un latente halo de tristeza.
Pero en mis adentros, algo había despertado de golpe. ¿Realmente esa promesa de años atrás tenía tanta importancia? La imagen de Laura continuaba atormentándome, parpadeando en mi mente, brillando como si por dentro una luminosa llama la hiciese arder.
Esa chica… Necesitaba hablar con ella, al menos una vez. Y, con promesas o sin ellas, a pesar de poner en riesgo con ese simple pensamiento una hasta el momento perecedera amistad con esos chicos, existía algo que no sabría identificar que me arrastraba e impulsaba a querer hablar con ella. Lo haría, sí. Y sería al día siguiente.
Levantándome de la arena para terminar de sacudir mi bañador, dejé que la tela empapada de mi camiseta se deslizase sobre mi piel y cubriese mi dorso. Al mismo tiempo, anuncié mi marcha hasta la tarde siguiente, con la brevedad y concisión que se hacían habituales en nuestras despedidas.
Julián, por primera vez en toda la tarde y lo que sería la última de mi vida, acompañó su gesto con una sonrisa. Pero, tras esa amabilidad, oculto en cada uno de sus recovecos, se podía entrever un claro mensaje: “Cuidado. Las cosas van bien. No dejes que esto cambie”.

Los días continuaron sucediéndose sumidos en una gris y anodina rutina y, para desilusión y al mismo tiempo alivio mío, ella no volvió a acercarse por aquella playa. Por una parte, el motivo por el cual me sentía tan frustrado se tornaba obvio: el tomar aquella resolución de manera tan esporádica había hecho que quizás me resultase imposible de llevar a cabo. Por otra parte, me producía un momentáneo oasis de calma la sapiencia de que, si ella no volvía a aparecer, no me vería arrastrado hacia la tentación de romper aquel pacto que en esa época se me antojaba sagrado.

Aquella maldición de su ausencia, para bien o para mal, fue vulnerada aproximadamente una semana después de haberme quedado prendado de sus ojos por vez primera.
Al igual que había sucedido en la ocasión anterior, su aparición fue apenas un soplo tan pasajero como la ocasional brisa nocturna que provocaba momentáneos escalofríos en todos nosotros. Y, de la misma forma, fue tan solo una advertencia de que era tarde, a la que Julián contestó con una brusquedad semejante a la de la primera vez.
Cuando ella desapareció tras la esquina, tan fugazmente como había llegado, me puse la camiseta tratando que mi rostro no dejase traslucir la impaciencia que me corroía por dentro. Inventé la excusa de que mis padres me habían ordenado regresar antes aquel día, a la cual nadie objetó nada.
Y antes de doblar la esquina tras la cual Laura había desaparecido minutos atrás, tuve una extraña sensación. No me volví, creyendo ser consciente de lo que la causaba.
Era la mirada ardiente de Julián que, clavada en mi nuca, hubiese podido atravesar vigas de acero debido a la intensidad que destilaba.

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