Capítulo 3: El misterio de sus ojos.

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Capítulo 3: El misterio de sus ojos.

Mensaje por Black Butterfly el Mar Jul 24, 2012 2:36 am

Salí tras sus pasos, conocedor de la casa en la que Julián pasaba el verano y deseoso de que su prima se alojase en la misma, tal y como días atrás él había dado a entender.
Debido a la creciente oscuridad que comenzaba a abatirse con la llegada de la noche, las calles estaban prácticamente desiertas. En mi camino, casi una carrera desesperada esquivando las farolas que parecían surgir de la nada, me crucé tan solo con una señora que paseaba a su perro, con la cual a punto estuve de chocar. El animal, un chihuahua enrabietado al parecer, comenzó a ladrar con furia, provocando que su dueña me lanzase una mirada de soslayo en la espera de esa disculpa que, tras unos instantes, salió de mis labios en forma de ininteligible murmullo.
Al final de aquel paseo, el que más interminable se me antojó de toda mi vida debido a mi nerviosismo, la vi caminando a lo lejos, con la calma del niño que transita despreocupado. Aceleré el ritmo de mis piernas al igual que había aumentado el de mi corazón cuando logré atisbarla, llegando a colocarme a su lado.
Ella no me vio o fingió no hacerlo, por lo que anduvimos en silencio escuchando el sonido de nuestros pasos sobre la acera. Sin apenas atreverme a hacerlo, giré la cabeza hasta el punto en el que mis ojos hallaron el gesto relajado de la chica.
En aquel anochecer de agosto, su piel iba cubierta tan solo con un fino vestido blanco de algodón, con la clara intención de alejar el asfixiante calor que a pesar de las horas continuaba suspendido sobre nosotros, en forma de un invisible manto de agobiante humedad. Su piel, pálida como la nieve, parecía almacenar la débil luminiscencia que las farolas junto a las que pasábamos liberaban, transpirándola en los instantes en los que había oscuridad y aportándole a su rostro un brillo espectral que me fascinó. Mudo como nunca antes lo había estado, permanecí absorto cual estatua estudiando el cincelado de su rostro sin que ella fuese consciente de que lo hacía, según parecía sugerir su indiferencia.
Sus rasgos, a pesar de ser finos y proporcionados, no hacían tampoco que su belleza superase a la de tantas otras chicas de su edad ni despuntase sobre ellas, y probablemente varias de aquellas con las que yo mismo había estado fuesen más guapas que ella. Sin embargo este hecho, del cual al cabo de unos segundos observándola me percaté, logró remover en mí una mayor intriga e interés por la joven. ¿Cómo y por qué me sentía embaucado de aquella manera? ¿Qué la hacía tan diferente de esas chicas con las que había estado antes?
Puesto que, según deduje, no iba a descubrirlo con mirarla apenas, una vez logré recuperar el habla, balbuceé:
−Laura…
Solo entonces me topé con sus ojos oscuros, que acababan de clavarse en mí y me estudiaban con curiosidad. Si le sorprendió que conociese su nombre, no lo demostró. En lugar de ello, contratacó también con palabras:
−Hola, Diego –murmuró con voz diáfana y firme a un mismo tiempo.
No pude evitar que mi rostro dejase traslucir el desconcierto que sentí. A pesar de que su expresión permaneció inmutable, me dio la sensación de que se reía. Y de que lo hacía mediante sus ojos. Y de que éstos se burlaban precisamente de mí.
− ¿Qué te trae por aquí?
−Simple conversación. La casa de tu primo está situada de camino a la mía –mentí, con la boca seca. Notaba el corazón latiéndome en la garganta con fuerza, a pesar de lo ilógico que la idea planteada sonaba en mi mente.
− ¿Y para hablar acerca de qué, pretendes mantener una conversación conmigo? –inquirió con fingido desinterés, dejando de mirarme para caminar un poco más rápido.
Pensé la respuesta, en vano. Los indicios de todo tipo de piropos que hubiesen hecho caer rendida a cualquier chica se habían desvanecido de mi mente como por arte de magia. Y todo lo que anteriormente tenía sentido estaba siendo derretido bajo la intensidad de su mirada ardiente, quedando tan solo un charco de palabrería absurda, insuficiente para transmitir el remolino de sentimientos que pugnaban por salir a través de mis labios en balde.
Finalmente, opté por tomar aire con lentitud.
−No lo sé –respondí.
−Buenas noches, entonces –replicó ella con seriedad.
Cuando me quise dar cuenta, fui consciente de que habíamos llegado frente al edificio en el que tanto su primo como ella se alojaban. Ella se despidió con un gesto imperceptible, y se dispuso a introducir la llave en la cerradura de la puerta. Pero antes de que lo hiciese, mi mano se alargó de manera casi automática, atrapando su muñeca.
−Espera –dije.
− ¿Qué quieres? –preguntó, con la impaciencia patente en el tono de su voz.
Entonces, bajo la suave luz que se filtraba a través de los cristales que cercaban el portal, pude contemplar su rostro a escaso centímetros del mío. Supe en ese mismo instante qué era aquello que me había obligado a seguirla y a permanecer allí, arrinconándola contra el vidrio tibio como si el resto del mundo fuese tan solo una caricatura irreal y mal dibujada de mi realidad.
−Son tus ojos –susurré sin darme cuenta de ello.
Ella me contempló, intrigada.
− ¿Qué sucede con mis ojos? –preguntó en el mismo volumen de voz.
−Esconden secretos –respondí, tras unos instantes en los que entre ambos solo hubo silencio−. Y quiero que me dejes desvelarlos.
−Todos tenemos secretos –replicó Laura−. Incluso tú.
Algo en mi mente pareció prender entonces con aquella insinuación. Creí saber en unos instantes la respuesta adecuada. No la que ella querría oír, como siempre había sido. Por primera vez, lo que mis labios esgrimieron fueron las palabras que sentía que debía pronunciar.
− ¿Sabes? Tienes razón. Yo también tengo secretos. Y hay uno que tiene que ver contigo. Quiero desvelar los tuyos, así que déjame proponerte un trato. Me das permiso para descubrir todo lo que ocultan tus ojos, y yo confieso mi gran enigma. –Me acerqué cada vez más a la chica, llegando a apoyarme contra el cristal. Reclinado contra él, pude sentir el aliento entrecortado de Laura−. ¿Qué me dices?
Durante unos segundos, no respondió. Su expresión continuaba siendo un cúmulo de líneas indescifrables, pero en sus ojos estaba pintada ya esa viva curiosidad que yo acababa de encender. Me planteé seriamente cómo era capaz esa chica de comunicar mediante la mirada lo que no expresaban sus gestos.
−Comienza a hablar –replicó finalmente, con calma.
Suspiré aliviado sin ser consciente de hacerlo, preguntándome si de haber sido su respuesta una negativa me habría marchado sin más para siempre. Mas no había sido así, y con solo pensar en ello se me atascaban las palabras y una fina capa de sudor frío me cubría la frente.
Pero también sabía que no había ya marcha atrás. Por ello, adoptando un tono de voz confidencial que aproveché para aproximarme todavía más, murmuré:
−Escucha atentamente, puesto que eres la única persona a la que hasta el momento le he preguntado esto. Porque mi mayor secreto, en ese momento, no es más que la intriga que me carcome ante un gran interrogante. Aquí y ahora, ¿dejarías que te arrancase un beso?
“Ya está dicho”, pensé. Y aguardé unos instantes en los que contuve el aliento.


Black Butterfly

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